domingo, octubre 11, 2015

Las empresas multinacionales: ¿Pueden resultar determinantes en la soberanía de los países emergentes?

Imagen de massimobursatil.blogspot.com

4:30 am. Un estudiante chino se levanta temprano para repasar el examen más importante de su carrera. En un intento desesperado por combatir el sueño abre una lata de Coca-Cola y se dispone a abrir los apuntes. 10:00 am. Un grupo de albañiles congoleños aprovechan el descanso de la mañana para refrescarse con una lata de Coca-Cola. 14:00 pm. Dos amigas quedan en Madrid para tomar un aperitivo. Ambas piden Coca-Cola.

Coca-Cola Company está presente hasta en el más recóndito lugar del mundo. Su gran imperio se fundamenta sobre una fórmula que sólo una reducida élite de ingenieros conoce y, sin embargo, se produce en cantidades ingentes capaces de abastecer a todo el planeta. Las multinacionales en general y, en particular Coca-Cola, ahorran en costes de producción aprovechando las economías de escala (esta expresión refiere a la caída del coste medio por unidad debido a un extraordinario aprovechamiento de las materias primas y de las ventajas de producir en cantidades industriales). Otra forma muy rentable de producir para las grandes empresas es haciéndolo en países en vías de desarrollo, puesto que la mano de obra además de los materiales y medios de producción necesarios son más baratos. Existen distintas fases de internacionalización de una empresa. Entre ellas, se dice que actúa como “filial exportadora” aquella empresa que centra su competitividad en la reducción de costes productivos, siendo habitualmente la variación del coste salarial en comparación al país de origen de las empresas la diferencia más marcada. Estas empresas tan grandes tienen un gran poder de influencia y de negociación en los países en vías de desarrollo que les permite negociar con amplia libertad el establecimiento de sus plantas productivas o las condiciones laborales, en ocasiones de dudosa legalidad y ética. Hicieron bastante ruido las noticias que acusaban a firmas como Nike o Adidas, cuyas condiciones laborales en las llamadas “fábricas del sudor” dejaban mucho que desear. Para ampliar la búsqueda sobre el tema, resulta interesante leer la obra de dos periodistas austriacos, Klaus Werner y Hans Weiss, El libro negro de las marcas.

Tomemos una perspectiva distinta. Actualmente cotizan en la bolsa de México la compañía de telefonía líder en el mundo, América Móvil, la tercera cementera, CEMEX y la mayor embotelladora de Coca-Cola (datos recogidos de la obra Países emergentes: En busca del milagro económico, por Sharma, Ruchir). De cada 100 corporaciones multinacionales localizadas en México 50 son americanas, 33 provienen de otros países y 17 son mexicanas (Corporaciones multinacionales en México: un primer mapeo), empleando de 3 a 5 millones de trabajadores en total. El volumen de inversiones que multinacionales como Nissan (1.3 billones de dólares para fabricar un nuevo modelo) o Ford (3 billones para reconvertir la planta de Cuautitlán para producir coches pequeños) realizan en México engruesa el PIB nacional de manera notoria y por tanto se convierte en un tema sujeto a debate político. Es por eso que el interés nacional en países emergentes favorece la implantación de las multinacionales a pesar de las pésimas condiciones en las que a menudo se somete a los trabajadores.  Porque ante todo, éstas fomentan trabajo y necesidad de mucha mano de obra. Y guste o no guste, supone un desarrollo social y económico que favorece a la economía y al desarrollo nacional. Nike tiene en China 195 fábricas con 249.655 trabajadores, en Vietnam cuenta con 65 centros de producción y 312.667 empleados y, en Indonesia, 40 plantas y 168.167 trabajadores.
Otra baza a favor de la instauración de las grandes empresas en países en vías de desarrollo es el impulso tecnológico que estas suponen. El avance en la modernización de la maquinaria, en la cadena de producción y en todo lo tecnológico supone sin duda un aspecto positivo a contemplar y, por tanto, otro punto crítico en cuanto a los intereses económicos de los gobiernos. Ciertamente interesaría la presencia de estas grandes corporaciones, aunque aquello pudiera dar pie a la aceptación de algunos procedimientos de gestión y de funcionamiento que fueran éticamente cuestionables.

Una última visión podría ser el caso de Myanmar (antigua Birmania). Un país gobernado por una dictadura militar y en el que las grandes compañías tienen grandes incentivos para localizar sus plantas de producción. En 2013, la consultora McKinsey reveló que el PIB en los próximos 20 años podría cuadruplicarse debido a la inversión de capital extranjero por valor de más de 100.000 millones de dólares pocos meses después de que el líder birmano hiciese todo lo posible por aparecer ante la opinión internacional como un país afín a la Gran Bretaña de Tony Blair. Teniendo en cuenta que el PIB de este país en 2014 fue de 48.400 millones de euros, las cifras no son nada desdeñables. 

En definitiva, no podemos negar que la relación entre los gobiernos y las multinacionales es más estrecha que nunca en un contexto cada vez más globalizado, donde no nos extraña que los primeros en invertir en Sierra Leona después de la firma de los tratados de paz fueran empresas pertenecientes al gran gigante asiático. Según un informe publicado por la UNCTAD (United Nations Conference on Trade and Development),  59 países y economías adoptaron 87 medidas de política que afectan a la inversión extranjera en 2013, orientando las políticas nacionales de inversión a la promoción y la liberalización de las inversiones.


En conclusión, las multinacionales tienen una gran importancia en el desarrollo de los países en los que se localizan, y si éstos son países emergentes el efecto es más evidente. La inversión en I+D hace progresar al país y los gobiernos están condicionados y en algunos casos maniatados, pues tienen que aceptar unas condiciones laborales y de pérdida de recursos naturales que si jamás aceptarían si los beneficios en términos de PIB y desarrollo económico no lo compensaran.

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